La llegada del ferrocarril


El 28 de octubre de 1848 se inauguró el primer ferrocarril peninsular, que unía Barcelona con Mataró. No fue éste, sin embargo, el primer ferrocarril español, pues en 1837 ya había entrado en funcionamiento una línea en Cuba. El ferrocarril era visto como un vehículo de progreso y modernización. El desarrollo industrial requería que las mercancías pudieran desplazarse con gran rapidez, llegando a puntos de venta más alejados. En 1851 Isabel II inaugura la siguiente línea, que unía Madrid y Aranjuez. En julio de 1854 entró en funcionamiento la línea de Barcelona a Granollers. Por esas fechas también se construyó el ferrocarril de Barcelona a Molins de Rey, prolongándose en 1859 hasta Martorell. En 1854 se construyó el ferrocarril que enlazaba la provincia de Valencia con Játiva. Un año más tarde se habían construido ya más de 400 kilómetros de ferrocarril. En 1855, tras la revolución liberal y bajo el Gobierno de Espartero, se promulgó la primera Ley General de Ferrocarriles. Con ella, se facilitaba la entrada de capital extranjero. Muy pronto surgieron grandes compañías ferroviarias que impulsarían definitivamente el ferrocarril. Hacia 1860, ya hay numerosos nuevos tramos abiertos, como los que unen Sabadell con Lérida; Pamplona y Caparroso; Valladolid, Palencia y Burgos; Madrid con Zaragoza y Albacete; Gijón y Sama de Langreo, Alicante con Chinchilla o Jerez con Sevilla, entre otros. El tren trajo consigo un cierto desarrollo económico, en verdad algo lento debido al retraso industrial español. Además, las distancias entre poblaciones comenzaban a ser más cortas y, en las ciudades, las nuevas estaciones ofrecían un aire de modernidad y progreso. Para 1865 ya se ha completado buena parte de la red ferroviaria prevista, con un claro desarrollo radial que parte de Madrid. Las zonas mineras e industriales de la cornisa cantábrica, el Levante y el sur aparecen ya comunicadas con el resto de España.






Vía: artehistoria.com